Los últimos meses han sido un proceso de transformación profunda en mi vida en mi identidad. Es curioso porque, aunque por fuera pareciera que todo sigue igual, cuando uno cambia tan profundamente por dentro, también cambia la perspectiva que tiene de absolutamente todo.

Bien decía Heráclito, “Ningún hombre se baña dos veces en el mismo río, porque ni el río es el mismo ni el hombre es el mismo.”

Como cada año, éste he decidido tomar de nuevo una serie de terapias o consultas que me ayuden a entenderme mejor para poder navegar de mejor manera el mundo y tener una vida de mayor satisfacción y plenitud. Solo que este año, a diferencia de otros, he sentido con mayor profundidad la transformación.

Tomar terapia, hacia afuera, puede parecer que implica una insatisfacción por la vida que uno lleva. En mi caso no es así. Me siento satisfecho y feliz con lo que soy, lo que tengo y lo que he hecho en mi vida hasta ahora, pero simplemente creo que hay una distancia brutal entre la vida que tengo y la vida que soy capaz de construir. Y eso, ese “gap”, a veces se siente como un infierno cuando uno no lo confronta.

Lo que nadie cuenta es que el camino del crecimiento es brutal. La mayor ilusión que he roto en mi vida es que comprenderme me traerá paz. En realidad, entenderme ha afilado los bordes del sufrimiento, porque he empezado a notar la mezquinidad de los demás, la fragilidad de las motivaciones humanas y la absurda repetición de mis patrones disfrazados de personalidad. Ésto me ha orillado a un camino de soledad, pero me ha hecho saber que no es señal de enfermedad, sino de que es el camino correcto.

Hay lugares a los que a veces uno tiene que ir solo.

Este proceso ha sido la señal de que voy hacia un lugar donde mi actual identidad ya no me pertenece, y donde parte de mi círculo no podría ir porque sería atentar contra la congruencia. Ha sido conocer realmente cuáles son los estándares de lo que soy capaz, y de que éstos me aislarán constantemente mientras siga decidiendo ir hacia arriba. El oxígeno es más escaso en la cumbre.

El proceso que he vivido estos meses me ha ayudado a entender que la mediocridad es un deporte colectivo y la excelencia una guerra solitaria. Crecer me ha obligado a separarme, no por elección, sino por consecuencia. Los que validaban mi debilidad han empezado a resentir mi crecimiento, y el mismo entorno que antes me hacía sentir cómodo ahora me asfixia. Cada paso hacia adelante me aleja silenciosamente de la familiaridad que me mantenía estancado.

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Crecer me ha ayudado a entender que no puedo elevarme y seguir siendo del agrado de todos. No puedo seguir perteneciendo a la multitud que se niega a evolucionar. Mientras más disciplinado me vuelvo, más mi propia existencia incomoda a quienes viven sin disciplina. El hombre que comienza a afilarse se convierte en un espejo, y las personas odian los espejos cuando el reflejo expone su deterioro. El ruido que antes me distraía ahora me irrita.

Las mayorías, hoy, confunden soledad con fracaso cuando es en realidad una señal de que la transformación comenzó. Se supone que en este proceso debes sentirte desconectado e invisible, porque la construcción de algo nuevo implica la destrucción de aquello que no puede seguir. Y toda destrucción duele.

Duele porque no todo el mundo lo entenderá. Duele porque pierdes a personas que solo conocían tu antigua versión, ya que no todos están destinados a sobrevivir la evolución de los otros.

Crecer ha sido uno de los procesos más extraños y dolorosos. Extraño porque aún sabiendo que estás yendo hacia el lugar correcto, la vieja identidad que incita a que permanezcas en tu versión anterior. La versión diminuta que hacía sentir cómodos a otros. Doloroso porque la destrucción implica también pérdida, y cada pérdida es un duelo que uno debe vivir. Y hay duelos que son públicos, pero crecer es siempre algo privado, al menos al principio.

Crecer induce miedo porque nos obliga a confrontarnos, y es durísimo porque no existe paz para el hombre que ha visto aquello en lo que puede convertirse. Cuando tienes más claridad del hombre en que te puedes convertir, no descansas nunca hasta llegar a esa versión, y la realidad es que nunca llegas. Pero, aún sin llegar, cada acción incongruente con esa versión elevada, se siente como traición propia, la peor traición de todas.

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Este periodo de crecimiento también me ha ayudado a entender una cosa importante. O varias cosas importantes.

He podido trabajar mis sentimientos de escasez aún cuando mi realidad es abundante, mis pensamientos de soledad aún cuando he sido amado toda la vida, y me ha ayudado a entender que muchas veces de mi vida he operado desde el miedo por lo que puede ocurrir, en lugar de la emoción que genera entender que tengo el poder de crear una vida extraordinaria. He podido quitarme el freno de mano que me impide avanzar con la ligereza necesaria. Y he logrado entender que desear una vida fácil no es lo que quiero, porque la marea nunca bajará para aquellos que se atreven a ir más allá del horizonte.

He podido matar ilusiones que me han anclado a una vida inferior a la que puedo tener, y he podido entender que la mayor parte de mi sufrimiento ha venido de la expectativa inconsciente de que la vida debería sentirse más fácil de lo que realmente es. Hoy he aceptado que el esfuerzo es la norma y la comodidad la excepción, y la calma ha llegado por fin a mi vida. Hoy enfrento desafíos desde un lugar de agencia y no de victimismo. Hoy entiendo que siempre habrá personas que viven con un estándar inferior al mío pero que eso no me hace superior, sino que simplemente estamos jugando juegos diferentes.

He podido aprender a sentirme cómodo cometiendo errores, y a soltar esa perfección que sé que nunca lograré, entendiendo que es precisamente eso lo que me hace humano. He podido soltar la necesidad de validación externa y dejar de desear resultados externos en mi vida, porque me he aprendido a valorar en la batalla y no en el triunfo. Los héroes son héroes por la forma en que viven, no por que ganen o pierdan, dice Homero en la Iliada.

Hoy ya no actúo para agradar, ya no soy complaciente. Ya no suavizo mis opiniones ni tengo miedo a incomodar. La reacción de otros no me pertenece. Pero eso si, siempre trataré de ser respetuoso con la vida que han decidido vivir los demás.