La paternidad es muy importante para mi por diversos motivos.
En primer lugar, no podría concebir mi vida sin trascender mi linaje. Considero una falta de respeto a mi linaje decidir no darle continuidad, especialmente bajo la excusa de que ser padre es muy difícil.
Claro que es difícil. Criar hijos de una manera constructiva y basada en principios debe ser la actividad más difícil que puede existir en la vida.
Si se desea hacer bien, la paternidad implica confrontar los demonios internos para evitar que sean ellos los que crían a las nuevas generaciones. Implica remover toda la porquería que existe en nosotros para no perpetuarla por medio de la herencia.
La paternidad es el fin de la filosofía; puedes leer todos los libros escritos sobre significado y propósito, pero en el momento que un niño te mira a los ojos y decide creer en ti, todo lo que has creído deja de tener valor. Porque ahora tus creencias no son nada si no son soportadas por hechos, y tus logros no son nada si no están basados en principios. Ahora, lo que importa no es lo que construyes cuando estás entero sino tener la capacidad de no traicionarte cuando estás destruído. Ya no importa tu éxito sino la forma en que no abandonas tu identidad cuando te confrontas con el fracaso. Si eres débil tus hijos lo sabrán incluso antes de que aprendan a pronunciar esa palabra. Un hombre se vuelve eterno no cuando aprende a vivir para siempre sino cuando enseña a otro hombre a morir bien.
Los hijos son el espejo más honesto que vamos a encontrar en nuestras vidas. Ser padre o madre es difícil porque es la confrontación más fuerte que todo ser humano puede experimentar. Es el examen de “skin in the game” más fuerte que podemos vivir.
Los hijos son los mensajes de Dios para relantizar un poco. Nos invita a ir más lento, y nos enseña que ir lento es ir a la velocidad correcta.