Esa fue la pregunta que me hizo un amigo días antes de competir en mi primer 70.3 en Cozumel.
A decir verdad, al inicio me enojó un poco la pregunta, ya que, al menos en mi mente, todas las razones que pudieran ser utilizadas para contestar esa pregunta serían positivas.
Pero como toda pregunta importante, me la llevé conmigo para meditarla.
La realidad es que no hay solo una razón por la que decidí hacer el Ironman 70.3
De bote pronto, me inscribí en Febrero tras un fin de semana de fiesta donde estuvo involucrado el alcohol, y ante mi deseo de tener una vida de hábitos saludables, decidí inscribirme. La realidad es que decidí solo jalar el gatillo, porque desde semanas atrás ya estaba en una pestaña de mi computadora el sitio web abierto para que me inscribiera.
Pero la verdadera razón no podía ser tan insignificante.
Para entender por qué me inscribí a una competencia como esta tuve que ir atrás, muy atrás. Decidí explorar qué es lo que me motivaba a hacer este tipo de competencias tan duras, que implican un gran compromiso y que conllevan dolor en cada entrenamiento.
Recordé con claridad mi vida de niño, cuando durante toda la primaria me gustaba participar en las “mini olimpiadas” de mi escuela, y en las que siempre obtenía una medalla o lograba entrar al podio, o al menos en el 90% de competencias en las que participaba.
Lo sabía desde niño. Era un niño dotado con un talento deportivo que me permitía sobresalir ante los otros. Medalla en relevos, en 100m, en 400m. Medalla en salto de longitud y salto de altura. Medalla tras medalla, no siempre en primer lugar, pero casi siempre en el podio.
El talento deportivo se extrapolaba hacia otros deportes. Sobresalía en el futbol y eso me permitió incluso participar en equipos con generaciones de niños 2 años más grande, y la vez que pude apoyar a una generación menor, fuimos campeones. Aunque solo practicaba fútbol con frecuencia, se me facilitaba también el basketball y volleyball las escasas veces que decidía jugar. Todo deporte que implicaba mover el cuerpo me era fácil. Y recalco ésto, porque en el Golf he dado pena ajena las veces que lo he jugado.
Hasta ese análisis ya contaba con cierta profundidad que me permitiera contestar la pregunta, pero sabía que debía haber más razones.
Increíblemente, hasta este año 2026, a mis 31 años, me he tomado el tiempo para conocer mis heridas a profundidad,
Este año he entendido el origen, la raíz, de muchas decisiones y acciones que he tomado en mi vida, y de los patrones que han definido mi identidad y personalidad. He podido conocer más profundamente mi Ego, y entender todo el daño que me ha causado así como los beneficios que me ha traído.
Este proceso me ha ayudado a tener mayor claridad para contestar esa pregunta.
He podido entender que desde niño fui validado por mis logros y no solamente por mi identidad. Se me valoraba más el hacer que el ser. Con todo lo que eso implica. Las personas a mi alrededor se alegraban ante mis triunfos pero transmitían desesperanza cada vez que experimentaba un fracaso. Eso causó también una relación insana con la forma en que vivo el fracaso. Fracasar empezó a aterrarme porque sentí muchas veces que mi valor venía del resultado que generaba más que del rendimiento que tenía. El mundo me valoró en el triunfo y nunca en la batalla.
La pesadilla, es que una vida de curva ascendente contiene muchas batallas pero pocos triunfos. Aunque algunos digan lo contrario.
Así, se generó en mi identidad un deseo de búsqueda de validación constante que obtenía cuando ganaba o cuando mi rendimiento era realmente extraordinario. Y pasé años y años buscando batallas que me permitieran probarme, siempre deseando buscar el mejor resultado.
Participé en torneos de futbol, y desarrollé una identidad demasiado competitiva. Más adelante, cuando el futbol ya no era tan fácil de jugar por falta de tiempo o de organización, me empecé a inscribir a carreras.